dimarts, 9 d’octubre de 2007

Recordant .....

En el número 135 de la revista “El Mundo del Perro”, de l'agost de 1991, apareixia, signat per la mestressa, un article dedicat a la Ketty, la seva primera gossa. Avui l'hem rellegit, i el transcric en el meu blog per compartir-lo amb vosaltres, mentre encara veig l'emoció de la mestressa en recordar aquesta especialíssima gossa:

Ya de cachorra enamoraba a la gente. Su carácter afable y cariñoso, que conservó durante toda su corta vida, hacía que su lejano parecido a una perra Pastor Alemán rozara la perfección de un perro de raza. Nunca me importó, y sigue sin importarme, la pureza de raza de un perro; y aún menos cuando la falta de pedigree se ve compensado con un gran carácter y buena predisposición en conectar con los humanos. Y Ketty (ése era su nombre) tenía todo lo que un perro debe tener para mi.

Existía entre nosotras una conexión difícilmente atribuible a dependencia física alguna. Yo para ella no era la camarera que le servía la comida; ella para mi era algo más que una perra, era una amiga, una compañera, alguien que me acercaba al mundo canino (en el que yo siempre había querido penetrar). Me hizo comprender qué es realmente la fidelidad canina y lo cerca que se encuentran nuestros mundos si somos receptivos.

Desde que la conocí (porque llegamos a conocernos) mis ojos miran de otra forma a los perros; ya no como objetos de escaparate, medidos por su belleza física, sinó como individuos a los que merece la pena conocer.

Llegó a mi vida de rebote. Había sido abandonada al lado de una carretera y un amigo de mi padre la recogió. Era todo pelo, pequeñísima, sólo sus grandes orejas parecían no poder pertenecerle. Fue creciendo a mi lado y pude ser testigo de la transformación de su cuerpo, tomando la forma de una grácil dama de su especie: cuerpo alargado, cuello enhiesto, patas largas y bien asentadas, ... todo lo que una señorita de su raza pueda desear.

Su fortaleza física le permitió seguir mis juegos, corretear a mi lado cuando paseaba a caballo, saltar cualquier obstáculo que le pusiera delante; en definitiva, podía haber llegado a ser una campeona de Agility. Por aquel entonces yo contaba diecisiete años, edad en la que una chica intenta evadir la inevitable tarea de convertirse en una mujer, en la que la incoherencia sale a la luz, combinando el comportamiento adulto con el infantil. Ketty compartió conmigo muchos ratos en los que nuestros juegos iban variando al son de mis pensamientos, a veces ambiguos, a veces totalmente infantiles. Me acompañaba con su mirada quieta, atenta a lo que yo le contaba, cuando yo miraba al futuro o criticaba el presente; jugueteando a mi lado cuando, en mis últimos juegos infantiles, me lanzaba a disfrutar de aquello que creía que iba a perder.

Fue un sábado cuando su horrible enfermedad me estremeció. Fue la primera vez que vi la muerte de cerca, y su visión fué horrorosa. Quizás ésta fue la señal de que debía ser consicente de que los cuentos de hadas habían terminado, que la vida era algo más que un juego. Nuestra despedida fué forzosa y urgente; no pude hablarle como había hecho en tantas ocasiones; quería decirle que no moriría, que era imposible, que no había fuerza en el mundo que pudiera separar una amistad como la nuestra. Había intentado levantarse, meneando su hermosa cola, y no supe percibir que aquello era su despedida, el último gesto que podía dedicarme para demostrar que mi amistad también le había valido a ella. Cuando más tarde regresé a visitarla toda opción de despedida se había desvanecido.

La posición de su cuerpo, ya frio y tieso (horríblemente tieso), denotaba el último esfuerzo que había podido realizar para acercarse al bote de agua. Rogué para que aquello no fuera cierto, intenté abrir sus ojos, mover su cuerpo, ... y hablé con ella, esperando aquel gesto que parecía indicarme que me había entendido. No he vuelto a ver gesto semejante en ningún otro perro. Y es que Ketty fué mi primera perra, la inolvidable, la insustituible, la perfecta, como, creo, serán mis otros perros. Pero su recuerdo, aunque muy lejano para otra personas, para mi está vivo, cercano e imborrable. siempre ha existido y seguirá existiendo aquel momento en que la necesitaré, desearé tocarla y juguetear con ella. Pero ahora todo es un sueño.”

Els que coneixeu la mestressa ja us imagineu com està ara, després de transcriure aquest text i recordar la Ketty, i els que van venir després i ja no estan amb ella (en Tarzan, la Nina i la Xispa). Però, tant de bo, tots els records fóssin tan bons i positius com els que han deixat aquests animals en el cor de la mestressa.

3 comentaris:

Gemma-Rafa ha dit...

no he pogut acabar de llegir l'escrit i em sap greu, però en aquests moments estic massa sensible,.....
però gràcies de tota manera Montse

montse ha dit...

Ho entenc, Gemma. Després de tants anys de la mort de la Ketty encara ploro quan llegeixo aquest escrit. No pots ni imaginar-te l'estona que vaig estar per transcriure'l! Bé, suposo que, precisament tú, pots imaginar-t'ho.
Un petó ben fort!

Gemma-Rafa ha dit...

gràcies maca. Hi ha dies millors... dies pitjors, però encara costa molt